lunes, 26 de agosto de 2013

HISTORIAS POR CONTAR DE PEQUE E ITUANGO

Don Jesús Antonio Hernández o “Don Jesús David”, como comúnmente  se le conoce en nuestro medio,  es un prestante ciudadano  que llegó hace unos 20 años,  procedente del municipio de Peque,  vive en una casita, ubicada a mano derecha  en la vía  que sale del perímetro urbano,  hacia los lados de La Hundida y Paloblanco.
Nació en Lomitas, corregimiento de Peque,  el  19 de septiembre de 1929, un poco incierta la fecha, pues en esa época no se presentaba la partida de bautismo  y, en general,  se suponía que cuando el joven tenía edad,  el registrador lo llamaba  para  cedularlo. Su padre se llamaba Pablo Emilio David, que murió en ese municipio a la edad de 93 años. Recuerda a sus tíos, hermanos de su padre, José y Ricardo Hernández.
Preguntado por los aspectos que recuerda  de estos dos municipios desde su  infancia  y dice:  “Desde pequeño ayudaba a mi papá  a cargar  mulas  en  Peque para viajar  a lugares como El Seibonal, Lomitas  y El Limón. Se sacaba  del campo maíz y frijol  y se entraba  víveres como panela, arroz, sal, jabón y grasa. Así mismo, aprendí  a trabajar la agricultura en la siembra de maíz y frijol.
Nunca tuvo la oportunidad de estudiar, sin embargo, aprendió un poco a leer y a escribir, gracias a la ayuda de un señor  que hacía remedios a la gente  de nombre Pedro Antonio Moreno, cariñosamente llamado” Pedrito”.
Para salir de Ituango con dirección a Peque,  han existido tres caminos: Uno que salía por La partida de Peque,  para ir hasta Pocitos;  el otro por la vereda Pená  y otro más por Guacharaquero. Primero venía mucha gente de Peque, utilizando estos caminos  a negociar, es decir, a comprar y vender animales y otros productos, a tomar trago, a parrandear, a bailar y  hasta enamorar,  por lo  que la Partida de Peque, llamada así porque  la gente de esa época  entraban y salían de ese municipio por este  lugar. Se cogía desde la partida a mano derecha,  pasando por una casa grande que había a un lado de la cañada  de propiedad de una familia Vásquez y lindando con terrenos  del “mono” Tobón, se llegaba al Alto de propiedad de Don Benjamín Gutiérrez. Curiosamente,  dice don Jesús, el único que actualmente camina por allí  es el señor Julio Carvajal, pues al parecer el camino está muy cerrado  y, en otrora,  era  la vía obligada  de entrada de los arrieros con mulas cargadas que venían de la Vega del Inglés, Santa Ana, Pená  y otros lugares que  pernoctaban  en El Carmelo. Hasta antes de la construcción de la carretera, se entraba por un camino  que llegaba  donde Jairo Ochoa, luego por La Montañita, por el barrio San Vicente  o por el antiguo cuido de Don Gabriel Morales  y la escuela de niños Antonio José Araque Rodríguez.
Con todo lo anterior, el populoso sector del El Carmelo, comenzó a tener un ambiente  bullicioso, sobre todo, en las noches  y una dinámica comercial, tal que  funcionaron por mucho tiempo tiendas, cantinas, como las de Arcadio Sucerquia y Gilberto Zapata, más conocido como “La “rana”, restaurantes,   y piezas para alquilar, donde los arrieros y otras persona  pasaban la noche; existían los cuidos  del papá de Don Rubén Darío López,   que después fue de la familia Ciro  y el de Senén Agudelo. En El Filo de Guacharaquero,  vivía una familia Gutiérrez, entre ellos, Don Tulio y sus hijos que tocaban violín y tiple; la señora Josefina Sepúlveda tenía una cantina. En Peque tocaba muy bien la lira un señor Juancho González; en Santa Ana, el señor Ángel Mesa   y Ricardo Tuberquia en el corregimiento de Urarco, municipio de Buriticá;  Luis Barbarán y Moisés Posso de Peque, ambos fallecidos, tocaba el primero, la flauta y el segundo, interpretaba  tiple guitarra y lira.
En cuanto a la arriería, recuerda que en El Chispero, se llenaba con mulas de carga,  los días sábado, domingo y lunes, listas para viajar a varios lugares. Allí se destacaron arrieros como  Sergio Sepúlveda, “Toño” Jaramillo  y Berto Gómez. En “Tres sendas”o  “El Filo” o “Colegurre”,  se mantenía mucha gente  bebiendo trago  en las cantinas, lo que generaba trifulcas permanentes con las mujeres de la vida alegre.
Recuerdo mucho al alcalde Darío Saldarriaga, que era muy progresista, pues fue él quien comenzó a pavimentar las calles del área urbana  que eran empedradas; así mismo a los párrocos  Luis Carlos Jaramillo Arango, Lisandro Guerra Arango  y Ernesto  Gómez Echeverri.
Finalmente, manifiesta con algo de nostalgia  que era tal la cantidad de gente  que permanecía en el centro,  que cuando se requería encontrar a alguien, había que perder mucho tiempo para mandarlo llamarlo o ir a buscarlo. Ituango ha decaído mucho; lo único rescatable ahora es la carretera pavimentada.

LAS ANDANZAS DE GERARDO ROJAS EN ITUANGO.
Por: Luis Albeiro Montoya Londoño
Gerardo de Jesús Rojas, nació en el lugar conocido como “El Águila”, una finca perteneciente al municipio de Peque, el 14 de abril de 193. Su madre fue  Laura Rosa Rojas Palacio. Sus hermanos son: Rafael Antonio, el mayor; Manuel, Ana, Delio de Jesús, Ramón  y una gemela. No pisó las puertas de una escuela y se casó el 20 de julio de 1958  en Santa Ana del Valle, con Julia Ester Palacio, nacida el 27 de julio de 1939, acto oficiado  por el párroco Alberto Jaramillo Saldarriaga; unión de la cual  hay  los siguientes hijos: Pedro de Jesús, Mariela de Jesús, Ana Jacinta, Orlando, Deyanira, Noé Gonzalo, Argelid, William de Jesús,  Emilsen y Edelmira,  fallecida en Santa Ana.
En sus primeros años de matrimonio, vivió a un lado del cementerio de Santa Ana, a orillas del río Ituango  en un pequeño terreno de su propiedad.
Desde los  8 años empezó a trabajar en varias fincas de Santa Ana como  las  de Joaquín Gutiérrez y después de Miguel Lopera, el Jilguero, manejando ganado que en esa  época estaba adscrito al Fondo Ganadero de Antioquia.
A  su estilo y en una conversación muy amena y entretenida, en su humilde casa del barrio La Esperanza, empieza a recordar los primeros años de casado y entonces dice: “Algún día del año 1977,  me  sentí  como aburrido  y pensé que ya era hora de venirme para Ituango. Coincidió que traía para el pueblo un ganado; al llegar  me encontré con Noé Hernández  y entonces  éste me ofreció ir a trabajar a la finca Guadual  de su propiedad en esa época  para recibir la lechería   y allí estuve durante 8 meses, ordeñando unas 33 vacas.
De allá me vine para el pueblo con toda la familia  y alquilé una casa en El Carmelo  de propiedad de una señora Ninfa, luego  estuve cerca a la capilla  donde una hija de nombre Mariela. Cuando  llegué, inmediatamente conseguí trabajo con el señor Miguel Ángel Cardona Yepes,   dueño de la finca Cortaderal,  allí estuve trabajando el café,  cargando leña y otros trabajos  durante unos 13 meses. Un domingo cualquiera  se me ocurrió liquidar con don Miguel y no volví a trabajar allá. Ese mismo día, me puse a jugar dominó  con algunos integrantes de la familia Arango  desde por la mañana y, a las 3 de la tarde  ya me había ganado $3.500. Al rato, pasamos al juego del dado  y cuando me fui muy  borracho para la casa como a eso de las dos de la mañana, llevaba 56 milpesos en uno de los bolsillos de la camisa. Luego estuvo viviendo y trabajando  en El Filo de la Aurora,  durante unos tres meses  en la finca del señor Saúl Jaramillo Giraldo.
Gerardo, con su entereza  para enfrentar las trochas y caminos ituanguinos,  se ha especializado en arriar reses y cerdos  desde múltiples lugares  y recuerda cosas como estas: “Me ha tocado viajar a sitios muy lejanos  como   El Tagual en San Jorge, trayendo cerdos con Enrique Monsalve  y un señor de nombre Alfredo Mesa; de El Retiro traje alguna vez 45 cerdos  en varias jornadas, acompañado por Marcos Agudelo y su hijo; igualmente me tocó arriar ganado desde Guasimal, finca de Julio Ciro, desde Alicachin por los lados de Pascuitá,  fui a Riosucio por Cañaveral, a Monos, un lugar de Peque a traer un ganado del señor Noé Hernández  y, en ese viaje un novillo aporreó a un muchacho del lugar, que al recibir una cornada en el trasero,  tuvo que ser llevado  hasta Toldas  y de ahí remitido a Medellín;  de Peque salimos una vez  con 105 reses  para llevarlas hasta el Águila  y de  éste lugar, salimos con 55 para acá para el pueblo. Una vez llegamos aquí empotreramos en donde hoy es el coliseo, propiedad que antes era del señor José María Betancur  y la pesebrera  o el cuido  de Don Senén Agudelo, que hoy ocupa Juan López con su chatarrería; en La Francia, trayendo un ganado de Don Miguel Cardona;  en San Juanillo, en un sitio que llama La Esperanza; en El Palmar y en La Florida los lados de Santa Rita, propiedad  del difunto Julio Rojas. Recuerdo que  en 1981, salí de Ituango  para San Juanillo a la finca del señor Carlos Uribe, a traer dos vacas para  Dairo Arango Quintero, ya fallecido.  Cuando iba de La Granja para arriba, por el  camino que conducía a La Camelia, en la mitad de la cordillera,  escuché un ruido  y pensé que era alguna persona que venía,  pero alcancé  a ver un  animal con figura de perro,  que saltaba de una barranca a otra y vi un pedazo de tierra que se había zafado del camino, en una vuelta que daba para caer a una quiebrita, yo estaba en el cerro de arriba y me subí a una barranca para divisar donde iba la carretera; cuando ví al animal que olía unos palos y se brincó por donde yo mismo había pasado, a lo que anduvo un poquito,  identifiqué no era un perro como yo había pensado al comienzo, sino que era realmente un tigre.  Continué  por la cordillera paso largo, había un “empalado” en el camino de unas cinco o seis cuadras de largo y yo como iba tan rápido no me di cuenta cuando lo crucé, era que ya estaba en los potreros de La Camelia y tenía que seguir hasta La Trampa para poder entrar a la finca de Don Carlos.   Allá les conté lo que me había me pasado  y ellos no me creyeron, lo vinieron a saber cuando llegaron hasta la carretera que, cuando eso apenas iba llegando al Alto del Burro y  las mulas que llevaban  se les devolvieron hasta La Camelia. Luego hicieron unos disparos en la cordillera y, al parecer, el animal cogió para Finlandia y por los lados de Pascuitá.  Después  el tigre volvió a subir y ahí fue donde persiguió a Bernabé Zapata, que iba del Zancudito para San Juanillo y llevaba un perro, casi hasta abajo a San Juanillo.  Cuando volvió a subir a El Zancudo, el animal mató a una novillona en la parte alta, ahí si se convencieron que el tigre estaba en la cordillera, se volvió para Finlandia, mató una yegua y se comió la cría que era un muletico, se regresó y en las cabeceras de la finca de Toño Rendón, le pusieron como carnada un macho para tratar de cogerlo,  los Correa se fueron a desayunar y cuando volvieron ya el tigre lo había matado,  se pusieron a hacer el paral para a esperarlo y fue casi a la una de la mañana, el que le alumbró con la linterna, dijo que el solo le había disparado, pero el otro también lo hizo al mismo tiempo, entonces, el tigre herido se vino, le dio una vuelta al palo donde ellos estaban encaramados, del susto se le cayó la linterna a uno de ellos y así se quedaron  hasta que amaneció; cuando bajaron al piso; encontraron los rastros de sangre, los perros ya lo habían sentido y  se marcharon para la casa. El  tigre estaba ya muerto ahí, más abajo, entre unas hojas de pantano.
Recuerdo muchos a los arrieros Ramón Mórales, Sergio Sepúlveda, Francisco Tamayo, Manuel Mazo, Manuel Morales Gómez, Arturo Rodríguez, Aarón Graciano, quien salió de Ituango con una mulada  y, a la altura del puente de Pescadero, colocó su carriel en la baranda, se tiró al río y jamás lo encontraron; Amador Jaramillo, entre otros. Recuerdo que los cuidos  de bestia en Santa Ana,  eran de propiedad de los señores, Guillermo Gutiérrez López y Francisco Tamayo. Grandes intérpretes   de instrumentos como la guitarra, el tiple, el violín  y la lira tuvo la oportunidad de conocer, entre ellos, los hermanos Horacio  y Arnulfo Montoya Atehortúa;  el primero con el tiple  y el segundo con la lira; Ángel Mesa de Santa Ana, que tocaba muy bien la lira; Quico Rojas que interpretaba el tiple, Israel Rojas y su hijo Oscar, que tocaban guitarra, Don César Giraldo, tocaba guitarra y  tiple,  amenizando además las misas dominicales; Miguel y Joaquín  Sierra que tocaban el violín, Gildardo Jaramillo y su acompañante Emilio Mora,  interpretaban la guitarra y el violín respectivamente, evocando la música  de Julio César Villafuerte y Lucho Bowen, Roberto Barrientos, Eugenio Jaramillo, “Cochise” , un señor Mario García  de Santa Rita  y Luis Osorno de Portachuelo.      
Llegó un tiempo  en que dejé de trabajar y me dediqué a cortar sogas  para vender; al principio me regalaban el cuero,  sobre todo, cuando vivía en Santa Ana, ya aquí en el pueblo me lo empezaron a  cobrar a $ 4.000 mil   y hoy vale $45.000, además realizo contraticos para desmalezar potreros, llevar cerdos y reses de un lugar a otro.
Con toda mi experiencia  de largas jornadas  de recorridos por los caminos de Ituango, conocí y aprendí el nombre de muchas fincas  como El Jilguero, Santa Ana, La Redonda, La Armenia, El Oso de Don José Mesa; Yarumalito de Don Héctor Correa, El Río de propiedad de los hermanos Germán y Javier Duque Pérez, Guadual de Moisés Gómez “El Turco”, La Bramadora  de Miguel Ángel Cardona Yepes, Los Olivares  del papá de Alfredo Mesa, Botero,  que fuera de Don Miguel Ángel Cardona Yepes y hoy de Fabio Mazo Ruiz, Los Galgos, perteneciente a la familia Cárdenas, San Juan Rodas,  de propiedad de unos Calle, Alicachin de propiedad de Don Pepe Zapata, La Palizada, Manzares, de propiedad de Arcadio Londoño Velásquez, La Guamera de un señor Campuzano, Tesorito,  de piedad de Don  Pacho Calle, La Floresta, Guaimaral de los Correa, Providencia de Don Aurelio Correa, Las Brisas de Noé Hernández, San Juanillo de Martín Berrío, La Colonia de Ricardo Machado, La Selva que tenía lechería de Eladio Úsuga, Canoas  de Miguel Ángel Cardona, el viejo; Cortaderal de Miguel Ángel Cardona Yepes, El Alto de Julio Ciro  y Gustavo Londoño Jaramillo. De todas  estas fincas recuerdo los nombres de  caballos, yeguas y machos  como la mula “sombra” de Don Antonio Villegas;  el macho  “abejorro” de José Mesa;  la yegua “ la bruja” de Luis Antonio  Londoño Restrepo; un caballo muy bueno que tenia Don Reinaldo Jaramillo, el caballo “ recuerdo”,  de Luis Rafael Londoño Jaramillo, la  yegua “La guagua” de  Germán Londoño Jaramillo; en El Jilguero estaban el macho “Moro”, la mula  “vieja”, la mula  “pava”,  el caballo “califa”, la yegua “ alazana”, el caballo “palomo”, la mula “platina” de Oscar Correa de Santa Ana, el caballo “negro” también llamado el “abejorro” así como la mula  corralera “La sombra” de Lico Arango,  y el caballo  “carechucha”de Pacho Zapata y la yegua  “colorada”  de César Cardona.  Finalmente, se le ilumina el rostro y dice: “Hay muchas historias por contar, a pesar que ya a uno le va fallando la memoria por el pasar de los años”.


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