lunes, 23 de enero de 2012

EL OFICIO DE LA ARRIERIA

La arriería fue el oficio de comerciantes hábiles, costumbres que fueron adoptadas de los árabes y judíos, que desde España llegó a América para que fuera desempeñada por el paisa durante la Colonia y la República.











Padres de la colonización los arrieros transportaron en sus recuas de mulas o bueyes, todo lo que hiciera falta para montar un pueblo y además un crédito. Para ellos no había trocha que no se pudiera cruzar, ni cachorro que no pudiera ser transportado: desde las campanas para las iglesias hasta pianos, ruedas pelton y toda clase de herramientas para las nacientes industrias; en fin, toda clase de mercancías traídas del extranjero y los surtidos para las fondas camineras, además de oro… las travesías de animal y hombre hicieron efectivo el trabajo de los mazamorreros, los hallazgos de los guaqueros y las divisas del cafetero al comunicar las zonas agrícolas y mineras con el fin de posibilitar así el intercambio comercial.










Fue así como el oficio de la arriería proporcionaba en Antioquia y el Viejo Caldas, una buena posición social ya que fueron muchos los que hicieron dinero con él y se destacaron por su honestidad y responsabilidad, como lo confirma el refrán: “padre arriero, hijo caballero, nieto pordiosero”.










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Se dice que es el arriero, más que la mula, quien hace el trabajo duro ya que debe responder tanto por el bienestar propio como del animal que le proporciona el sustento: estar atento a los cambios de clima, protegerse del frío y hacer más llevadero el calor, levantarse antes de los primeros claros para alistar el transporte, buscar el alimento y los lugares de descanso y sobre todo estar listo cuando las mulas se quedan atrapadas en el fango y es necesario rescatarlas con sus fuertes brazos y una ayudita extra de la estampita de la Virgen del Carmen que permanece en un bolsillo del carriel.










La relación del arriero con sus mulas es tan estrecha que con un silbido característico éste las orienta y las previene de los abismos y los malos pasos, aunque también se acostumbran las palabrotas de grueso calibre para que los tercos animales entiendan que se dirigen a ellas.










Al finalizar las jornadas de camino diario los arrieros descargan sus pesadas mercancías en los corredores de las posadas donde el sangrero se encarga de ordenar todos los bártulos.






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