viernes, 3 de junio de 2011

UN EJEMPLO............DON JOSE MARIA ACEVEDO FUNDADOR DE HACEB

Metros cuadrados tuvo al comienzo Haceb. Hoy su área industrial mide 237.000 m2




$3.000

Millones anuales invirtió en promedio durante 10 años en la planta de Copabacana.



2.000

Cocinetas, 1.100 neveras, 900 estufas, 400 cubiertas y 120 hornos produce cada día.



US$30

Millones podría costarle su nueva planta de refrigeración, que inaugurará en 2011.









José María Acevedo Alzate no es una celebridad para el común de los mortales. Nació en la pobreza. Probó pupitre hasta quinto de primaria. Un alicate y un destornillador le bastaron para comenzar a ganarse la vida reparando artículos eléctricos. A los 21 montó su primer taller, pagando 90 pesos por la prima comercial. Hoy, a punto de 92 agostos de vida, tiene una multinacional que diseña, fabrica, vende y exporta electrodomésticos que antes se importaban en Colombia: Haceb.



¿Estudio o trabajo? Tenía 15 años cuando le planteó ese dilema a su padre, Pastor, un carpintero generoso al que en cualquier momento el corazón le iba a estallar. “Escoja si puede ser doctor o jornalero. Piénselo y me cuenta”, fue la respuesta que oyó.



Corría el año 1934. Pastor llevaba cinco años enfermo y sin trabajo estable. La casa, hipotecada y colgada en 1.825 días de intereses. El hijo mayor era zapatero y ganaba seis pesos a la semana. Además de doña María, su esposa, también estaban dos menores, de 12 y 7 años, para sostener. En 48 horas José María se decidió. “Papá, he resuelto ser jornalero, por ahora”. “Acertó, mijo, pero ya lo sabía”, le acotó el cariñoso Pastor.



Por un pago de 5 pesos mensuales, el mozuelo hacía mandados y ayudaba en un taller eléctrico, en el que su diestro compañero no le dejaba ver la manera como hacía los arreglos. También tomaba un curso por correspondencia, en una escuela internacional, de técnico electricista, para quitarse de encima la chapa de jornalero, que hería su ego. Un día el eléctrico principal se enfermó y le tocó al inexperto joven enfrentarse a un esterilizador de la Cruz Roja. Abrió el aparatejo, organizó la madeja de cables, lo puso a funcionar y cobró por el servicio 5 pesos, paga que disparó su amor propio y confianza.



El salario mejoró, gradualmente, hasta los 35 pesos mensuales. También sus responsabilidades. Pastor murió en 1937. Dejó como herencia su ejemplo de hombre honrado, la tarea de deshipotecar la casa, acabar de criar a los chicos y tratar de merecerse a una mamá que era como una diosa o un regalo de Dios para sus hijos.



Al estrenar la mayoría de edad José María sintió que podía ser su propio patrón. Con un destornillador y un alicate salió a reparar, a domicilio, lo que le pusieran al frente. “Papá, ya no soy jornalero”, le manifestó un año más tarde a su padre en medio de oraciones.



De la calle pasó a inquilino, en un pequeño espacio en el taller de Julio César Nieto, a cambio del 30 por ciento de sus ganancias. Dos años después pasaba por el negocio de Humberto Uribe, técnico en radios. “¿Cómo estás?”, preguntó José María. “Aburrido. Te vendo la prima comercial por 120 pesos”. “Tengo 90 pesos”, replicó el joven. “Listo, te lo entrego el sábado”.



Así de simple nació Haceb, el 14 de noviembre de 1940, con el nombre Taller Eléctrico Medellín. Era un local arrendado, de 25 metros cuadrados. Todo un palacio, considerando que la hipotecada casa de los Acevedo tenía una salita, una cocina y una alcoba, de 12 metros cuadrados, en la que Pastor y María se acomodaban con sus cuatro hijos.



Puñalada al ego

Eran tiempos de guerra en Europa, pero de prosperidad para José María. Las importaciones se dificultaban y su firma no daba abasto para reparar los electrodomésticos extranjeros.



¿Cuál es la clave de su fortuna?, le preguntó un día a su cliente más rico, quien respondió con un consejo: “Si quiere progresar, compre algo y véndalo, o produzca algo y véndalo, porque si sigue haciendo solo reparaciones, va a morir de remendón”.



Otra puñalada para su ego, pero inspiradora.



En 1945 José María hizo su primer fogón eléctrico, de un puesto, que se vendía a 3,50 pesos, frente a 90 centavos que valían las criollas parrillas de tarros de saltinas. Se hizo un homenaje bautizando el producto Jacev, pero un comerciante le dijo que lo pusiera Haceb, para que sonara y luciera más gringo.



La fortuna le llegó en forma lenta, pero constante, y le permitió vincular a sus tres hermanos como socios industriales. Ellos no pusieron un peso de capital, pero su trabajo era premiado con un 12 por ciento de las ganancias para cada uno. José María vio que al recibir el 64 por ciento de la utilidad quedaba clavado en impuestos y limitado para reinvertir. Por ello creó una sociedad limitada y bajó su beneficio al 34 por ciento. “Ganaba menos, pero todo quedaba en casa”.



Gerardo era el teso en asuntos financieros y duró cinco años en la empresa. Ignacio era el cerebro industrial y también “el más estudiado”. A Bernardo aún lo añoran como jefe de personal, solo sabía firmar y nunca tuvo una huelga.



El equipo daba resultados. En 1966 fue todo un suceso la producción de la primera nevera, con precio de 4.600 pesos. ¿Cómo es posible que los Acevedo avancen tanto, si no han tenido estudio?, le preguntó alguien a José María por esa época.



¿Que no qué? Para esa nevera, Ignacio compró las de la competencia y analizó lo bueno y lo malo de cada una. Conoció las plantas de otros fabricantes en Estados Unidos, Suecia, Francia y España. A su regreso, hizo un resumen y se diseñó el producto de Haceb. “El pendejo es uno, porque nadie sabe más que nadie”, comenta el empresario.



Los Acevedo duraron 30 años como equipo, aunque con un retiro muy temprano de Gerardo. Para 1983 José María era, como al comienzo, un dueño solitario.



ADN solidario

El empresario Horacio Jaramillo definió alguna vez a José María Acevedo Alzate como “el hombre que empezó de cero“. Lo califica de “tipo arisco, como buen antioqueño, pero con muchos méritos, al ser capaz de sobrevivir a un dólar barato y, sobre todo, a la feroz competencia de marcas mundiales, tipo LG, General Electric o Samsung, que llegan a combinar la elaboración de electrodomésticos con la construcción de astilleros y barcos”.



“Es un verraco para trabajar”, exclama Pedro Nel Bedoya, a quien se le aguan los ojos y se le atoran las palabras al hablar del patrón que ha tenido durante los últimos 68 años. ¡Sí, 68 años! Con él comenzó a laborar a los 13 años, un mes después de terminar la primaria. Le tocó ver la construcción de la primera planta de Haceb, junto a la Iglesia del Perpetuo Socorro, en donde para tirar la plancha también emplearon a diez presos de la Cárcel La Ladera, debidamente vigilados por la Policía.



Fue testigo de la evolución de una empresa que comenzó haciendo cajas metálicas para contadores de energía y terminó fabricando sofisticadas lavadoras, estufas, calentadores y neveras. Vio a su patrón trabajando y, al mismo tiempo, jugando de espaldas ajedrez con Tirso Castrillón, a quien, en la mitad de la partida, podía decirle, sin mirar, la ubicación de las fichas en el tablero.



“Con él no me ha faltado nada”. De hecho, le colocó en la firma a tres de sus cinco hijos. Cuando cumplió 45 años de labores le regaló un Renault 4 Master, que aún conserva; en los 50, lo mandó para Miami, con esposa a bordo y plata, durante 20 días; y a los 65... la voz se le ahoga en las lágrimas a Bedoya: le dio una boni de un millón de pesos por cada año de trabajo.



“Buscamos el máximo de beneficios para los trabajadores”, expresa con naturalidad José María, quien a los 15 años entendió las negativas consecuencias del maltrato laboral. “¿Si pudiera pagar más, debo hacerlo en especie o en dinero?, le preguntó hace ya muchos años a un experto en relaciones laborales. “Tengo que pensarlo”, dijo el aturdido asesor, porque nunca un empresario le había dicho cosa semejante.



En 70 años Haceb no ha perdido un día de trabajo por conflictos con el personal. Al dueño se le volvió costumbre mejorar los pliegos de peticiones de los empleados, cuando éstos se habían quedado cortos frente a las posibilidades de la empresa; eso llevó a un operario a decirle una vez al presidente del sindicato que si no era mejor tener como líder sindical al patrón.



En otra ocasión hubo un incendio y el trabajo se paró durante seis días; “queremos trabajar horas extras, para compensar el tiempo perdido”, le dijeron los empleados a don José María, quien agradeció el gesto y señaló que “para eso están los seguros”. En 1999 no pudo contener la emoción; eran tiempos difíciles y tocaba adelgazar la nómina o bajar horas de trabajo. “Le venimos a decir que el personal está listo para aceptar las medidas que sean necesarias y que tenemos un fondo de seis millones de pesos, de los cuales puede disponer para lo que necesite”, le dijo el presidente del sindicato al mismo hombre que se inventó el aguinaldo para los trabajadores y una boni, en enero, para que cubrieran los costos educativos, entre otros beneficios.



“Esa generosidad tiene que nacer con uno”. Y, en su caso, el ADN hay que buscarlo en sus padres, Pastor y María. Él repitió y mejoró la historia con su esposa, María Baldomera García (ya fallecida) y con sus hijos Inés, Fabiola (fallecida), Rosa María Eduardo y María Elena. Estos últimos nunca han trabajado a su lado, porque José María entendió muy temprano que “en las empresas familiares los herederos llegan a destruir lo que hicieron los viejos. Les enseñé a ser dueños, a atender bien a los empleados y a cumplir con las obligaciones fiscales. Desde hace unos diez años todo está a nombre de mis hijos. No tengo ni una acción, pero tengo todo el mando de la empresa“.



Se bajó de la first class

Sus amigos y la comunidad de Medellín también han sido beneficiados con esa generosidad.



Sin mucha alharaca, hizo una gestión que sus más cercanos consideran vital para la construcción del Teatro Metropolitano en Medellín. Por recomendación de su jefe de personal, Jaime Mejía Duque, donó las cédulas del Banco Central Hipotecario que Haceb tenía y que, por cuestiones tributarias, eran de forzosa suscripción por parte de los empresarios al pagar el Impuesto de Renta. Alberto Upegui, esposo de la fallecida y muy célebre soprano Carminia Gallo, dice que a muchos hombres de negocios los convenció para que hicieran lo mismo. “A punta de lápiz y papel, como suele sacar cuentas, les demostró que ganaban más al regalar esos papeles, vía descuentos tributarios, que esperando su redención para recibir un dinero devaluado”.



¿De dónde le viene ese gusto por la ópera?



“No tengo ni idea”, señala José María, pero hurgando recuerdos encuentra a su madre cantándole en español un fragmento de La Traviata. También se ve en su actual casa oyendo conciertos y viendo cómo un vigilante camina lento al pasar por su ventanal; un día lo invitó a seguir, lo sentó, le dio trago, hablaron de música y escucharon melodías de Giuseppe Verdi.



“Hice 17 viajes a Europa para ver la ópera y ninguno tuvo que ver con el trabajo”. El primero lo hizo en “first class” y pagó 2.200 dólares, o sea 1.000 dólares más que en clase económica. La diferencia eran sillas más amplias y unas botellitas de champaña que él ni se tomaba. Decidió, entonces, que volaría en clase económica y se llevaría a Europa o Estados Unidos a gente que de otra manera no podría volar.



En uno de ellos se fue con Rodrigo Zuleta López, quien a los 17 años pudo conocer el mar, en Barcelona, España. Él es hijo de Blanca, una mujer que enviudó a los 20 años y aguantó hambre en Amagá con sus dos pequeños hijos. Trabajó primero en casa de don José María y luego fue dama de compañía de la madre de éste último. Rodrigo estudió, obtuvo el título de administrador, empezó muy joven como patinador en Haceb y hoy es el gerente Industrial. Tan cercano es a don José María, que común es la escena del patriarca partiendo un pedazo de chicharrón para ponérselo en la boca. El vínculo es por partida doble. Fredy Zuleta, hermano de Rodrigo, es yerno de don José María y maneja el negocio de Haceb en México.



Como compañeros de viaje para disfrutar la ópera también tuvo al maestro italiano Pietro Mascheroni, con quien estuvo en Washington y Nueva Yok. Lo propio hizo con el médico Juan Montoya Sánchez y con Carmen Toro.



Para que aquí se disfrutara parte de lo que él gozaba en el extranjero, el fundador de Haceb ofició como mecenas y trajo lo mejor de la ópera mundial. Su aliado fue Alberto Upegui. Comenzaron con un concierto de piano y coro, organizado por la corporación lírica que dirigía Roberto Ocampo, por allá en 1945. Y se fueron superando, hasta llegar a comienzos de la década del 70, al Festival Internacional Ciudad de Medellín, con seis obras en repertorio y novedosos abonos que se vendieron con tres meses de anticipación. “Tiramos la casa por la ventana y un espectáculo de tal calidad nunca se repitió en la ciudad“, remata Upegui.



“Era malgeniado, pero a la vez un genio musical, un melómano al 100 por ciento, que debe tener los mejores conciertos de opera del mundo“. El recuerdo es de César Giraldo Londoño, periodista deportivo, cuya hija, Ana Beatriz, se ennovió desde los 14 años y luego se casó con un sobrino de José María.



Upegui anota que nunca lo vio de mal genio, aunque le dio motivos para que estuviera de malas pulgas con él. “Le aprendí mucho. Es una personificación exitosa del carácter del antioqueño. Nunca respetó prejuicios y clichés en la parte industrial. Consideraba que la plata es una simple cuestión de ceros a la derecha. Que si se ganaba 100 pesos, se gastaba 30 y guardaba o reinvertía 70“.



José María Acevedo Alzate confiesa que desde hace 25 ó 30 años ya tenía lo suficiente para vivir bien, pero sigue al frente de la compañía para poder continuar mejorándole la calidad de vida a las familias de sus 3.000 trabajadores. De lunes a viernes va a la fábrica, almuerza con sus colaboradores y recorre las instalaciones vestido, a veces, con la camisa café clara y el pantalón azul que lucen sus operarios.



Él y sus hijos conservan la humildad que les conocieron sus vecinos del barrio popular de El Salvador. Allí vivían en una de las casas más admiradas. “Era la única que tenía piscina”, precisa el empresario Mario Múnera, quien por aquellas calles vendía los limones, naranjas y cebollas que cargaban sus hombros.



La sencillez hace que don José María quiera que se lo trague la tierra cuando le hacen reconocimientos. Así lo sintió con la aún reciente entrega de la Cruz de Boyacá. Mejoró en emociones, porque en 1962, cuando por telegrama le dijeron que el presidente Guillermo León Valencia le impondría la Orden del Mérito Industrial, exclamó: “¿No será que algún competidor nos está mamando gallo?”.



La Cruz de Boyacá le cayó “como un mal necesario. No creo merecer todo esto. Me desanima que me vean como un sabio o un genio”.



En 10 años espera haber pasado de largo la barrera de los 100 años, suficientes para acreditarlo como un fenómeno mundial, según señala en medio de risas. Su aspiración no es más que ver al río Cauca contenido y serenito en el espejo de agua de 243 hectáreas que formará la represa de la hidroeléctrica Ituango. “No puedo haber tenido mayor felicidad que alcanzar el éxito a punta de trabajo honrado y a pesar de haber nacido en medio de la miseria en la comuna 8 de Medellín”.



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